MASCARILLAS
Posiblemente el empleo de las máscaras de belleza sea uno de los ritos más antiguos de estética femenina. Su uso se ha mantenido a través del tiempo, aun cuando su preparación y variedad hayan evolucionado notablemente. Del amasijo de miga de pan y leche de burra que, según refiere la historia, se aplicaba Popea, a las mascarillas científicamente preparadas de hoy en día, distan veinte siglos. Salvando, pues, la abismal diferencia que existe entre aquellas inefables preparaciones y las actuales fórmulas, es evidente que una práctica que ha subsistido a través de tantos años es digna de tenerse en cuenta y de ser analizada con atención.
A diferencia de las cremas de tratamiento, las mascarillas deben permanecer sobre la piel, a la que se amoldan (de ahí su nombre), gracias a su excipiente respectivo. Éste puede estar constituido por diferentes sustancias, según sea el resultado concreto que se persigue, pero siempre debe tener un efecto aislante y suavemente constrictor. No todas las mascarillas están formuladas para obtener idénticos resultados, ya que, dados los diversos tipos de piel, sería absurdo pretender que un mismo producto obrara con igual eficacia ante una u otra variedad de tegumento. La finalidad general de las máscaras de belleza es afinar la textura epidérmica, contraer los poros dilatados, afirmar los contornos faciales y atenuar arrugas y rictus. Estos efecto suelen ser comunes a todas ellas y se consiguen gracias a su función d tensado exterior. Los resultados se aprecian inmediatamente despir de su aplicación y constituyen la “gran solución” para aquella mujer que, por ejemplo, debe acudir a una reunión social y quiere (¿cómo no?) ofrecer un aspecto fresco y descansado, después de una jornada de trabajo y actividad.










