
En invierno es habitual el uso del secador. Sin embargo, para utilizarlo correctamente debes sostenerlo a una distancia mínima de cinco centímetros de la raíz y no concentrar el chorro de aire caliente en un único punto durante un tiempo prolongado. El pelo, al igual que la piel, puede quemarse. Además, debes extremar los cuidados si tienes el pelo graso el calor estimula la producción de glándulas sebáceas o caspa. Y si el secador puede estropear una bonita melena, lo mismo se puede decir del agua muy caliente, que deja tu pelo reseco y sin vida. Lo mejor, lavarlo con agua tibia.
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La primera máquina para cumplir con este fin apareció en Francia en 1890, dentro del salón de su creador, Alexandre Godefoy. En realidad se trataba de una aspiradora adaptada para invertir su resultado. La bomba de aire de la aspiradora crea un vacío que absorbe el polvo, y el movimiento del motor calienta los gases de su interior. Godefoy quitó el tubo de la entrada y lo colocó en la silla de aire caliente.
Pero estos aparatos no se popularizaron sino hasta 1920, con sistemas más pequeños compuestos por un ventilador y una resistencia que calentaba el aire. En la década de 1930 el secador de pelo aparecio en la estética, pero sus gases estropeaban el cabello. Recién en la década de 1950 aparecieron los secadores de mano.
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